Viajeras victorianas

Su sexo y su entendimiento las hacen ineptas para la exploración y este tipo de trotamundos femeninos es uno de los mayores horrores de este fin de siglo XIX”. Lord Curzon- Real Sociedad Geográfica de Londres Hasta bien avanzado el siglo XIX, las instituciones científicas y geográficas no hicieron gran cosa por revisar la poca estima que les merecía la incursión de la mujer en un asunto considerado patrimonio del hombre. Viajar, considerado como un complemento en la educación de los jóvenes acomodados y un ejercicio saludable para cualquier adulto, resultaba poco recomendable para la mujer. Aun así, la mujer siguió afrontando con mejor o peor fortuna los supuestos peligros que acechaban en las regiones más remotas del planeta, ofreciendo una nueva perspectiva del mundo. Deseosas de oler guisos extraños, dirigieron su atención a los espacios abiertos y muchas regresaron con el valioso botín de sus diarios o el relato de sus vivencias, a veces adversas, pero nunca estériles. Viajar para algunas de estas respetables damas fue a menudo una necesidad más vital que muchas otras. Solo así se sentían sosegadas. Tal vez por ello hicieron de los viajes una forma de vida y una fuente de energía con la cual se sentían conectadas. Vivieron sus mejores experiencias durante su ambulante vida y aunque no hicieran aventuras verdaderamente asombrosas sus experiencias las enseñó que soñar no cuesta y que convertir los sueños en realidad es posible. Rechazaron propuestas que hubiera hecho su existencia algo mas fácil o segura, pero la seguridad y su idea de libertad era una dicotomía difícilmente conciliable. Muchas prefirieron volar llevadas por sus fantasías o partir en busca de sus propias quimeras aunque no supieran exactamente a que distancia se encontraban estas o que rumbo debían seguir. Con el siglo XXI aún haciendo rozaduras por falta de uso, es difícil situar en el espacio a aquellas viajeras que sabían mucho de relámpagos en las noches de tormenta y nada de los viajes relámpago. Viajes tormentosos a lomos de mula o en tísicos barcos a vapor. Viajes donde un descuido repentino conducía a menudo a una muerte rápida y segura. Aún así ellas, cogidas de la mano de sus ambiciones, sus anhelos o esperanzas, siguieron saliendo para tomar el sol y el aire en el anonimato de los países lejanos, respirando a pleno pulmón la libertad recién estrenada o simplemente estrenando la sensación de saberse pasajeras de sí mismas, aun a riesgo de dejar unos pocos huesos adicionales en algún punto remoto del planeta.

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