Alicia Sornosa, la motorista solidaria

Alicia Sornosa es viajera, periodista, solidaria y una de las primeras mujeres en dar la vuelta al mundo en moto. Quienes la conocen, dicen de ella que es un terremoto de vida que esconde un corazón de oro. Ejemplo de ello es su último viaje, en el que recorrió 15.000 km por toda África para recaudar fondos por una buena causa. ¿El resultado? 577 enormes sonrisas.

“Todo comenzó con una charla sobre África y mi pensamiento de volver, cinco años después, a las peores pistas de mi viaje por el mundo”, comienza a contarnos esta increíble aventurera. “Sentí el deseo de volver a pisar el mismo suelo, cargada esta vez de experiencia sobre mi moto. Así que me puse manos a la obra”.

Tardó menos de un mes en preparar el recorrido, que sí contaba con un punto de partida y otro de llegada… pero no una ruta ni por dónde recorrerla. La idea, en ese momento, era salir desde Addis Abeba, en Etiopía: la capital del país más misterioso, diferente, duro y lleno de cultura ancestral de toda África. Después, solo quedaría recorrer la gran falla del Valle del Rift.

Siempre hay buenas razones que empujan a exploradores como Alicia a dar un paso hacia delante. Y es que el fin de este viaje escondía una buena causa: recaudar fondos para la construcción de pozos de agua en una de las zonas del oeste más perdidas y pobres. Para ello, la ONG “Amigos de Silva” aportó su granito de arena. Un grano que terminaría formando una montaña enorme cuando se sumaran decenas de otras organizaciones como Ethiopian Airlines, Ducati España, la central de Scrambel, TomTom, Generali, Pirelli, “Woman On Wheels”, Columbus Nature…

Toma un pico y comienza a cavar

Antes de emprender su periplo, Alicia acompañó a dos componentes de la ONG “Amigos de Silva” con el fin de aprender cómo encontrar agua bajo tierra. En sus propia piel, comprobó lo duro que era perforar el suelo estéril y empedrado. Pero allí también conoció a los niños que vivían en las cercanías y descubrió historias de mujeres luchadoras y supervivientes al polvo y el calor.

Tras los días de trabajo, dormía en las habitaciones cedidas por la congregación de los misioneros Colombianos. Ese tiempo le sirvió para tomar contacto con las carreteras y acostumbrarse a esa fina capa de polvo naranja que, a partir de ese momento, quedaría impregnado sobre su piel.

La propia Alicia nos confiesa que fue “un tiempo vital para comprender la necesidad del uso del agua potable, limpia, sana… Gracias a estos pozos, siempre bajo la tutela de iglesias o colegios, un centenar de niñas podrán aprender a leer y a escribir ahorrando el tiempo que gastaban en caminar kilómetros a por agua. Podrán estar más sanas sin acarrear cientos de metros los 15 kilos del bidón diario de este líquido”. En definitiva, “podrán beber”.

Dos ruedas pueden salvar vidas

Las recaudaciones de donaciones se sucedían según Alicia avanzaba el camino. Kenia y el Maasai Mara rodaron entre jirafas y ñúes; Tanzania vino con sus lluvias monzónicas y bosques inundados de baobabs; Malawi demostró su bello lago… Los cánticos de Mozambique inundaron sus eternas playas de arena blanca y sonrientes pueblos de pescadores

En tres meses la meta final apareció junto con 10.000 km de recorrido en el contador de su moto, bautizada con el nombre de “shikati”, que según la tribu masaai significa “el animal más veloz”. Y eso lo había logrado sin ningún contratiempo, ni roturas mecánicas ni neumáticos gastados. Por el contrario, el ánimo crecía y crecía hasta llegar a las nubes.

Las donaciones superaban los 3.000€, pero para Alicia no era suficiente. Es por ello que al llegar a Sudáfrica, decidió apostar sus trenzas a un órdago: se las cortaría si llegaba hasta los 5.000€. “Rodar por Sudáfrica ha hecho que me quite miedos, que compruebe que es un gran país, con muchas diferencias sociales y unos paisajes increíbles”.

El final tuvo su gran redoble apoteósico en Ciudad del Cabo. Después de que las ruedas de su moto carcomieran la costa y tras miles de sorpresas, las donaciones llegaron a la cifra acordada. Una vez cortado su cabello, éste fue a parar a la Asociación Sudafricana de ayuda contra el Cáncer. Todo suena a éxito total.

Un viaje multitudinario

Esta gran hazaña no es solo digna de mención por su logro, sino por haber sido un punto de unión para tantas causas solidarias. Cada minuto, cada segundo, fue decisivo para la recaudación de un fondo esencial para muchos. El protagonismo de esta historia no solo recae en Alicia Sornosa, sino que como bien dice ella, también fueron imprescindibles todos aquellos que la ayudaron así como las redes sociales.

A pesar de que el final del camino estuvo plagado de varias caídas (sin consecuencias físicas) y con dos pinchazos, nada estropeó el sabor de haber conseguido superar los 15.000 km. 

Autora: Natalia Gómez

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