Alienor Le Gouvello, cabalgando el corazón de Australia

Hay hazañas que deben ser recordadas y la de Alienor Le Gouvello es, sin lugar a dudas, encomiable. Esta trotamundos recorrió más de 5.000 km para adentrarse, durante un año entero, a través del bosque australiano. Todo, sin más compañía que la de tres caballos salvajes y un fiel amigo canino. Sus orígenes se remontan a su trabajo en una de las comunidades indígenas llamada Docker River, cerca de Uluru, en el desierto central de Australia. Desde entonces, no ha parado ni un momento.

Siendo muy joven, Alienor ya desarrolló una pasión por los viajes y la aventura. A la edad de 18 años, se fugó a la India para vivir durante unos meses por su cuenta mientras hacía fotoperiodismo. Cuatro años más tarde, se lanzó a una expedición recorriendo Mongolia y, poco después, no dudó en probar a cruzar el continente europeo desde Siberia hasta París, ¡y lo hizo en sidecar! Fue en 2015 cuando emprendió su viaje en solitario más largo: 5.330 km a lo largo del Camino Nacional del Bicentenario, la ruta de senderismo más extensa de Australia. Hasta ahora, y desde su apertura en 1988, tan solo 35 personas han completado esta ruta y Alienor se ha posicionado como la segunda mujer en lograrlo.

Trabajo en remotas comunidades aborígenes como trabajadora social con niños… Incluso mi trabajo es una aventura”.

Alienor pasó nueve meses enteros entrenando a los tres caballos que le acompañarían en esta emocionante experiencia. Una adquisición que logró tras adoptarlos a través del programa Guy Fawkes River Heritage Horse Association. Esta asociación es una reserva encargada de proteger a los caballos salvajes. Según ella, los tres animales la cautivaron desde el primer momento, y no tardó en ponerles un nombre: Roxanne, Cooper y River.

Por su parte, la ruta del Bicentenario sigue las estribaciones de la Gran Cordillera Divisoria y la escarpada oriental de las montañas, por lo que las dificultades no eran mínimas. Además de sus caballos, la única compañía de Alienor fue su perro, Fox, quien se unió a ella de improvisto durante parte del viaje. Sin embargo, tuvo que prescindir de éste en ciertos tramos cuando recorría parques nacionales o propiedades privadas. “Odiaba los momentos en los que no tenía a Fox. Aunque me encantan mis caballos, ellos no caben en mi tienda por las noches”. Incluso durante los últimos kilómetros, cuando las fuerzas de Fox llegaron a sus límites del agotamiento, Alienor cargó con ´´el sobre sus propios hombros.

Alienor recuerda que los principios del camino fueron bastante arduos. La tierra estaba dura y los caminos empinados. “De no ser por la resistencia más que increíble de mis caballos, que marcaron todo el ritmo del sendero, no sé cómo lo hubiéramos logrado”, confiesa la aventurera con loable humildad. Por otro lado, al pasar por numerosas granjas, las vallas y las alambradas supusieron otro gran desafío. Alienor tenía que romper las vallas con un par de alicates y, tras cruzar, volver a repararlas para que los granjeros no se enfadaran.

La comida fue un punto y aparte en la expedición. No podía transportar el agua necesaria para tres caballos, por lo que era imprescindible encontrarla en alguna parte todos los días. En más de una ocasión, ello les obligó a avanzar kilómetros adicionales para encontrar un río o una presa y no deshidratarse.

Aún más peliagudos de superar fueron los innumerables peligros que viven en Australia. Alienor rememora en especial una de las noches cuando, durante su costumbre de acicalar a Fox después de la cena, ´notó que éste comenzaba a parecer nervioso por algo. No fue hasta que posó sus ojos unos centímetros más allá de ellos, cuando observó cómo una enorme serpiente comenzaba a enroscarse entre sus piernas. Sin pararse a pensarlo más de dos veces, agarró un tronco llameante de la hoguera y lo arrojó sobre el reptil.

En ese sentido, canguros, wallabies y cientos de animales que toparon con su camino fueron el constante recordatorio de que se encontraba en lo más profundo del interior del continente australiano. Fueron muchas las veces que obtuvo una vista espléndida de la naturaleza en su estado más puro, pero también tantas otras ello le obligó a quedarse en vela por las noches para cuidar y proteger a sus caballos de posibles depredadores furtivos.

Sin embargo, hacia el final del viaje, Alienor contrajo la fiebre del río Ross, también conocida como infección por estafilococo. “Para hacer un viaje tan exigente físicamente, estar enfermo es lo peor que puede pasarte; pero estaba decidida a no abandonar el viaje.”, asegura Alienor con total convicción. “Hice dos visitas al hospital y las volví a subir al caballo, a pesar del dolor insoportable y el agotamiento”. Con toda la razón del mundo, Alienor nos confirma que sintió por ello un alivio tremendo cuando llegó a su destino habiendo conseguido su objetivo.

Puedes leer una de sus entrevistas aquí.

Autora: Natalia Gómez.

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