Mónica Hernández Amo: una viajera cautivada por Omán

La periodista y viajera Mónica Hernández ha viajado sola por Omán, uno de los sultanatos más enigmáticos de la tierra, bajo el calor sofocante del verano. Un país lleno de contrastes, donde no están realmente acostumbradas a ver mujeres blancas viajeras. «Fue una experiencia fascinante, cada día me pasaba algo».

Viajando percibes que los seres humanos estamos unidos por cosas troncales”

Tomé un autobús desde Dubai, uno de los Emiratos Árabes, y atravesé el desierto para llegar a Mascate, la capital de Omán, que sigue siendo uno de los sultanatos más enigmáticos del planeta. El calor era sofocante, hasta 53 grados, imagínate. Pero estaba allí, en un lugar que no sabes si ni existe, como te decía antes. Al llegar piensas si realmente querías ir o no, porque en el fondo no quieres romper el mito.

El país superó mis expectativas con creces. Era todo tan desconocido que resultaba fascinante. Yo era una extraña para la gente del país, porque no están acostumbrados a ver occidentales y mucho menos a una mujer viajando sola. Cada día me pasaba algo reseñable.

En los bares y restaurantes, los hombres se me acercaban sin malicia”

El hecho de ser mujer no me condicionó para nada. Pero está claro que tienes que seguir unas normas de sentido común. Por ejemplo, ir vestida ‘anti lujuria’, nada de ropa apretada ni escotes, sino pantalones anchos, no ir maquillada y sí con el pelo recogido; no mirar a los hombres a los ojos… Cuando me montaba en un taxi y el conductor me preguntaba si viajaba sola, le decía que me estaba esperando mi marido, y a veces incluso fingía una llamada de mi ‘supuesto’ marido, porque nunca sabes quién te está escuchando.

Omán no es un país peligroso. Están tan poco acostumbrados a ver mujeres blancas solas, que en cuanto entraba en bares y restaurantes, todos se callaban y se me quedaban mirando. Y siempre se me acababa acercando un hombre interesándose por mi situación. En otros países saldría corriendo, pero aquí enseguida intuía que no había peligro, que no tenían malicia. Y todos se ofrecían a ayudarme, incluso a llevarme a los sitios en sus coches. Al final accedía siempre, porque al no existir un transporte público normalizado es muy difícil viajar. Y gracias a estos hombres conocí muchos lugares increíbles a los que de otra manera no habría podido llegar. Me llevaban a los oasis, a los zocos y esperaban a que terminara mi visita… Fue increíble.

Esta experiencia, sobre todo, me sirvió para comprobar que lo que nos une a todos los seres humanos es mucho más grande que lo que nos separa. Que aunque nosotros no lo sepamos ver, estamos unidos por cosas troncales: la supervivencia, la necesidad del cariño, el sufrimiento, la emoción , la necesidad de ser felices, el miedo a la inseguridad… Todo esto lo tenemos en común. Y lo que nos separan son cosas circunstanciales, que no van a ningún sitio, como pueden ser el color de la piel, el idioma, las creencias… Y yo, cuando he empezado a ver todo esto en mis viajes, me doy cuenta de que tengo mucho que ver con un señor de Mali, con una señora de Oman, con un niño de Indonesia… Y cuando te ves reflejada en los otros, te preguntas por qué tienen que existir realmente las naciones, las fronteras y las banderas.

Fuente: diario vasco

Pilar Written by:

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