Testimonio viajero: La vida en tres ríos

“¿Qué sabes hacer?”, preguntó mirándome a los ojos. Fui muy flexible, o muy osada, no sé,  y a la vez muy clara. “Casi todo. Quiero pasar a cobijo el invierno austral, y cuando llegue  el buen tiempo me iré. No busco ni ataduras ni compromisos”. Armin sonrió. “¡Qué bueno!”. Miró hacia el puente que lleva a Isla Teja. “Sólo hay una pega: no vivo en Valdivia, sino en Punucapa”. Me encogí de hombros. “Entonces vamos”. Las barcazas del  río Calle-Calle  sólo dejan huecos para la luna y para los lobos marinos. Aquel brazo del río Valdivia que se mira en la Costanera Arturo Prat pertenece a los mercaderes. El otro no, en las dos orillas del río Cruces anidan colonias de cisnes de cuello negro, los monógamos más fieles del reino animal

Navegamos a contracorriente río Cruces arriba hasta que el bote  se detuvo en el embarcadero de Punucapa.  Armin, habitante único de aquella península fluvial, había plantado  manzanos,  ulmos,   castaños y ciruelos. Y en verano todas las moras del camino eran suyas,  ¿qué más podía pedir un sedentario? Me instaló junto a la cocina de hierro que además servía de estufa, pero no buscaba cocinera, ni limpiadora, ni siquiera alguien que cuidara sus árboles, algo imposible porque el invierno los iba sumiendo en un letargo profundo. Mi trabajo consistía en ayudarle a reconstruir  la iglesuela de Punucapa, su tejado de madera de alerce  en el que apenas quedaban restos de pintura azul, sus muros antaño amarillos, el uniforme de centurión de San Expedito, o las llagas del Cristo crucificado,  tan borradas que apenas parecían acné.

Cada día, a mitad de jornada, hacíamos un descanso y nos sentábamos bajo el ciprés. En la pradera de la iglesia de Punucapa  había un ciprés de las Guaitecas, el más grande nunca visto en la Región de los Ríos y el más viejo. Marcaban su tronco de albura rojiza  cinco brazos bien distinguidos, uno por cada medio siglo de vida,  donde   habitaban los duendes del lugar.  En Valdivia corría el rumor de  que una de esas criaturas feéricas a quien llamaban Anchimallén había otorgado poderes afrodisíacos a las sopas de invierno de Punucapa. Pero no fueron las leyendas quienes me llevaron a la cama de Armin sino él mismo, cuando habló por boca de la propia naturaleza y dijo que  hasta  los árboles de hoja caduca  se tienen que quedar desnudos para que el ciclo de la vida continúe. Llegó la primavera y el campo empezó a florecer sin que se despertara en mí el trasgo burlón que empuja a las aves emigrantes. Me encontraba bien en Punucapa.

Nunca  se me olvidará aquel  cálido 2 de febrero, día de La Candelaria, en que Armin propuso que navegáramos río Valdivia abajo hasta su desembocadura. La historia colonial de Chile emergía en el sistema defensivo  que mandó construir allí Álvarez de Toledo para proteger  el virreinato de Perú de los corsarios. Entramos en sus cinco  Castillos, recorrimos sus dos fuertes, y sentados en una piedra, nuestra vista se perdió en el Océano Pacífico, el de Darwin,  las antiguas batallas, los terremotos…, y  el  gran salto.

Al norte de la Bahía de Corral había un pueblo y un puerto. Y en el puerto, las bodegas de un barco mercante se llenaban de contenedores con destino  Japón. No me excusé  ante Armin por haber solicitado trabajo en la oficina del capitán, era lo pactado, ni tampoco por el rubor que pintó mis mejillas al cruzarnos con un grupo de marineros que lanzaron sus gorras al cielo en señal de bienvenida. Y Armin pareció aceptar de buen grado que mis  fantasías de trotamundos ya estaban surcando el océano. O algo más que de buen grado.  Porque dos días después, tras dejar mi equipaje en el muelle de Puerto  Corral,  el guapo Armin volvió a su barca dando brincos con los brazos en alto. Parecía un delfín que escapa del parque temático de su cautiverio. Más que andar, bailaba. Y  estoy segura de que la noche en que el buque  me alejó para siempre de Armin, de Punucapa,  de su iglesia menuda, de Anchimallén  y del ciprés de la Guaitecas, en las dos orillas del río Cruces los cisnes de cuello negro dormían en paz.

María José Rivera

2ª Ganadora VIII PREMIO INTERNACIONAL DE RELATOS DE VIAJERAS

 

Pilar Written by:

One Comment

  1. Maria
    15 junio, 2017
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    Precioso……

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