Texto ganador IV Certamen Internacional Relatos Mujeres Viajeras

compartimos con vosotr@s el texto ganador del Primer Premio del certamen:

LAS ARRUGAS DE LA SEÑORA BEA

- ¿Y qué quieres que te cuente si ya lo sabes todo?- Dice mi abuela mientras me mira y se ríe dejando escapar un breve silbidito.

Mi abuela no es una mujer de muchas palabras, igual que mi madre. A ninguna de las dos les gusta hablar de lo que sienten o de lo que les preocupa. Sin embargo, sin ellas saberlo, utilizan un lenguaje propio de expresiones faciales y sonidos muy fácil de descifrar y que las deja al desnudo. A mí me gusta observarlas mientras creen que nadie sabe qué están sintiendo; me divierte regatear con ellas para conseguir una traducción a palabras de lo que mi mente, al examinarlas, transcribe instantáneamente en vocablos.

Ese silbidito, el que acabo de escuchar mientras mi abuela refunfuña que qué quiero que me cuente si ya lo sé todo, significa que accede a enredarse conmigo en este juego que tanto me gusta. Me encanta ese ruidito.

Mi abuela se llama Beatriz, tiene casi 82 años, su piel es muy clara, su pelo (que alguna vez fue rizado y castaño) es rubiáceo y sus ojos son menudos y azules. El color de ojos que heredaron sus hijos aunque, si le preguntas a mi madre, ella te dirá que los suyos son verdes. A su otro hijo, mi tío Alfredo, ya nadie le puede preguntar. Murió hace años. A veces pienso que esa pérdida fue la que provocó la primera arruga profunda de mi abuela. Porque su rostro está lleno de arrugas, sobre todo en la frente. Antes no me fijaba en eso; en las arrugas. Imagino que porque antes era pequeña y más tarde adolescente y después demasiado joven y eso me hacía no prestar atención a las cosas realmente importantes. Desde hace unos años observo mucho a la señora Bea, como la llaman en el barrio. Me gusta verla cocinar mientras pone cara de auténtica concentración, me gusta acariciarla y hacerla rabiar, abrazarla mientras le digo que la quiero. Me gusta cuando después de comer se queda dormida en el sofá y dice que no se ha dormido, el olor de su piel, cuando me la encuentro con sus amigas en la calle y puedo adivinar en una mueca la admiración que siente por mí.

- Laia, quiero que me cuentes la historia que hay detrás de estas fotografías antiguas.- Le digo mientras le acerco una vieja caja de galletas de latón.

- ¡Otra vez estás con estas tonterías! - alega mientras toma en sus manos la caja y sonríe.

Es entonces cuando mi abuela me permite viajar con ella y me mece en sus recuerdos. A veces me lleva a la Guerra Civil cuando robaba los chuscos de pan que su madre le ponía a los cerdos y los aviones pasaban haciendo mucho ruido encima de su cabeza. Me sube en una camioneta que la transporta de vivir en su pequeño pueblo, Bienservida, a Valencia y me hace llorar cuando me cuenta que tuvo tuberculosis y estuvo muy mala. De viaje por los años 50, me hace reír al cantarme las canciones que sonaban en la época y cuando, ruborizada, me explica que subió las escaleras corriendo huyendo de mi abuelo tras su primer beso:

- Una semana estuve sin hablarle del enfado que cogí. - Añade siempre a esa historia.

Viendo las fotos de su boda, en la que mi abuelo y ella parecen dos actores de cine, consigue que el corazón se me acelere y me hace sentir emoción y dolor en el parto de mi madre y mi tío. Otras veces me lleva al cine del pueblo, a calles que antes tenían otros nombres, a los silencios que envuelven el asesinato de mi bisabuelo en la tapia del cementerio en el 39. Me arrastra al patio de la casa donde cosía pantalones con sus nueras mientras mi bisabuela, Francisca la cohetera, elaboraba petardos para poder salir adelante. El mismo patio en el que mi tío Alfredo inventaba travesuras mientras mi madre era tan buena que ni lloraba cuando era bebé.

Cuando va llegando el final de este particular viaje, mi abuela me coge la mano y a ambas se nos escapan las lágrimas mientras avanzamos en el tiempo por las muertes de los dos hombres de su vida. Después me habla de mi, de mi madre, del ahora. Aunque esas cosas ya no están en las fotografías que tiene delante y al presente le cuesta más darle palabras.

- ¡Ya está bien, vamos a hacer cosas de provecho!- Me dice mientras abrazándola le digo que la quiero y ella, secándose las lágrimas con uno de los pañuelos que siempre lleva encima, deja escapar un pausado sonido.

Ese sonido es mi favorito. Es el que significa que ella también me quiere.

Durante estos últimos años he viajado y vivido en muchos países. Con sus contradicciones Gambia, EEUU, Canadá y Cuba fueron las gafas que me hicieron ver bien de cerca y de lejos. Guatemala el país del que me enamoré por partida doble y el que le dio rumbo a mis pasos. Belice y Honduras los que me descubrieron el Caribe real fuera del de las postales. México, con sus zapatistas, me regaló un invierno después de muchos veranos. Costa Rica fue escenario de paseos en bicicleta y de excursiones por Parques Naturales descubriendo perezosos dormitando y mariposas azules tan grandes como la palma de mi mano. Panamá, el lugar en que por primera vez sentí la tranquilidad de bucear. Nicaragua me permitió descubrir con nostalgia los paisajes tantas veces imaginados al leer las novelas de Gioconda Belli.

El Salvador, estos dos últimos años de mi vida, me ha regalado una familia guanaca y el sentimiento dividido de pertenecer tanto al pueblo de los torogoces y el izote como al que me vio nacer. Cada uno de estos países me ha enseñado y aportado muchísimas cosas. Igual que lo harán los futuros lugares que aún no conozco y a los que tal vez viaje o en los que puede que viva algún tiempo.

Pero, por más que vaya y venga de un sitio a otro, sé que existe un lugar que se abre tras un breve sonido; un lugar en el que unos brazos blancos que huelen medio a lejía medio a bebé me acurrucan y me devuelven a mis orígenes. Un lugar en el que soy sin miedo a nada. Y no está en medio de la selva como creía hasta hace poco, tampoco tiene aguas azul turquesa ni peces loro que te persiguen mientras te bañas. Mi sitio, ese en el que me gusta descansar y al que no me canso de regresar, está en el comedor de una casa del tercer piso de una finca común de un pueblo común. Donde, sentada en un sofá orejero, mi abuela Beatriz me lleva a viajar por cada una de las arrugas de su rostro.

Beatriz Villarroya