Laura Vilamor, Crónica de Cuba.

La periodista nos invita a compartir su último viaje a la isla caribeña, y nos cuenta el significado de “Se tomó la Coca Cola del olvido”.
“Es una expresión que utilizan los cubanos para referirse a los compatriotas que emigraron a Estados Unidos, y una vez instalados en la tierra prometida, se olvidaron de quienes dejaron atrás.
Trato de hacer el ejercicio inverso. Beber a sorbos la Coca Cola del recuerdo. 31 días de viaje por la isla. Fijar con cada trago los olores, los paisajes, las personas…
Desde el momento del aterrizaje, de madrugada. La Habana es una ciudad escondida por el velo de la noche. Y con los ojos ávidos de nuevas experiencias viajo en un taxi hasta la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños, a media hora de distancia, que me recibe sin esperarme, en un lugar donde el tiempo está detenido…
Solo al día siguiente, al amanecer, Cuba me muestra su espléndido plumaje multicolor. Un paisaje frondoso, bien cuidado, con palmeras y árboles tropicales, unas casitas blancas sencillas donde nos alojamos indistintamente alumnos y profesores. Paseo por el ‘camino del pensamiento’ hacia las zonas comunes, en un edificio donde las paredes hablan. Coppola, Spielberg, Trueba plasmaron sus rúbricas singulair online. “Una película es igual que la vida pero con un final de mierda”. Ya huelo a celuloide.

Los segundos de mi vida en esta escuela se convierten en secuencias. Los colores del cielo al atardecer me trasladan a Memorias de África, las charlas con los compañeros del taller a Los amigos de Peter, las fiestas nocturnas a los azules de Laurence Anyways.
La profesora del curso, Belkis Vega, es culta y apasionada. No le pido nada más a un maestro. Y está la piscina, una joya escondida a la que nadie acude aunque es inmensa y tentadora con este calor tropical.
Más que un Taller Internacional de Documentales parece que estoy en un retiro cinematográfico. Anook el esquimal y El hombre y la cámara me acercan a los inicios de este arte. Mañanas de estudio, tardes de alcohol que se van solapando a medida que pasan los días. Una cerveza Bucanero para sobrellevar las jornadas tediosas, como la lluvia que cae sobre la Escuela en esta época de huracanes. Llora por la decadencia a la que parece estar abocado este lugar. El mismo desayuno cada día, pan con mayonesa, desde hace más de una década. La misma comida, frijoles con arroz. Y los mismos cortes de suministro por la tormenta. No hay luz, no hay cine.
El objetivo de este taller es realizar un corto documental. Y después de una semana de clases intensivas, por fin salimos de nuestro encierro para pasar una jornada en San Antonio de los Baños. Hay que buscar una buena historia. Primer contacto real con los cubanos y una percepción de contradicción constante.
Un ideal, la Revolución, y una realidad, la escasez.
Una isla rodeada de mar y un pueblo sin pescado.
Permanecer en la isla o partir hacia un futuro incierto en Estados Unidos.
El comunismo cotidiano o el capitalismo que se cuela a través de las redes sociales, la televisión por cable y los turistas.
Y distingamos. La alegría que desprenden los cubanos no es sinónimo de vivir bien. La pobreza se evidencia en su escasa y repetitiva comida, en sus desvencijadas viviendas, en su imposibilidad de crecimiento individual. Pero su alegría de vivir es innegable. La música es el oxígeno de este pueblo, una constante fuente de vitalidad y esperanza.
La educación, su mejor herramienta para enfrentarse al mundo. Eso nadie se lo podrá quitar a la Revolución.
Paso las horas sentada en una silla brasileña de la Escuela observando. Los perros están en un permanente estado de lujuria. Nerviosos, cachondos. Es el reflejo visible de lo que ocurre donde mi vista no alcanza. El calor y el ron bañando nuestras gargantas, los movimiento de caderas de esas mujeres mulatas que despertarían la sexualidad de un muerto. Y esos ojos. Cristalinos incrustados en la tez morena. Dicen que tienen un altísimo índice de divorcios. Como el follaje caribeño, que se pudre con mayor rapidez pero su exuberancia es una tentación constante.
Poder irte de vacaciones un mes a Cuba ya es interesante, pero tener la suerte de aprender y crear algo nuevo fruto de tu esfuerzo, nuestro corto documental,convierte esta experiencia en algo muy especial.
Gracias al rodaje pudimos entrar dentro de las casas de dos cubanos que nos recibieron sin excusas. Ramón, un barbero sordomudo, con una vida humilde pero digna, apreciado por la comunidad y Gásita, un maravilloso guitarrista ciego con una gran vitalidad. El resultado se llama Sentidos y pretende demostrar que con voluntad se pueden superar todas las barreras…

Una vez terminado el curso todavía quedan diez días para disfrutar del país. Y necesitamos un coche. De casualidad, conocemos a Norge y a su Chevrolet del 53.
Salir a la carretera en Cuba es retroceder a los años cincuenta. Su flota de vehículos no se ha renovado desde entonces. Sin aire acondicionado, a setenta por hora y parando cada poco para comprobar los niveles de agua.
Igual que me enseñó la profesora que un documental debe montarse con el ritmo que establecen sus imágenes, uno debe viajar por el país con la misma parsimonia que sus habitantes, si no, estaría transgrediendo la realidad.
Ponemos la radio, hablan del huracán Mathew. Un pasatiempo para la población, algo de lo que hablar con total libertad a través de las ondas. Las inclemencias del tiempo no están sometidas a la Revolución.
Norge es de trato amable. Tiene cincuenta años y tres hijos, dos médicos y una futura abogada. Las horas en la carretera me permiten charlar con él y también reflexionar en silencio. No sé si viajando se conoce mejor a uno mismo pero sí a los demás…
En esta carretera camino a Cienfuegos debo estar preparada para cualquier eventualidad. No hay señalizaciones y se pincha una rueda.
Norge trabajó tres años en Venezuela para poder comprarse el coche. Le costó 10.000 dólares. Una fortuna teniendo en cuenta el sueldo medio de un cubano, 30 dólares al mes. La Revolución es un tema recurrente. A cada paso veo carteles con sus mensajes: “Una revolución es una fuerza más poderosa que la naturaleza”, “Un país que no se vende, nadie lo podrá comprar”, “No envidien mis logros, sin conocer mis sacrificios”. A Fidel nadie le podrá reprochar que rindió tributo a sus compañeros de lucha. El Che es un héroe nacional. Y un mito universal. El ideal personificado. La realidad es distinta. Hay una ley que no permite a los ganaderos matar a sus animales. Solo lo puede hacer el Gobierno. La pena de cárcel es de diez años. Por matar a una persona te caen cinco. Debo confesar que Trinidad y Cienfuegos me resultan ciudades maqueta. Nada que ver con la efervescencia de La Habana. Y no vuelvo a maravillarme hasta que llego a Santa Clara, donde casualmente visito el mausoleo del Che el mismo día del aniversario de su muerte. Y leo la carta de despedida que le escribió a Fidel antes de proseguir su revolución por Latinoamérica. Abandonó el proyecto cubano, a su mujer e hijos para seguir luchando en lo que él creía, la liberación de Latinoamérica del yugo capitalista.
Y ya a la vuelta de La Habana la vida me regala un momento que jamás olvidaré. Una conversación con Rogelio, dueño de la última casa donde me alojé, creador de la seguridad nacional, exguerrillero. Tiene 85 años y una memoria prodigiosa. Conoció en persona al Che. Dice que nunca sabía si le hablaba en serio o en broma, que era una persona austera e íntegra. Y me cuenta una anécdota. Una mañana, la esposa del Che le pidió un poco de malanga (un tubérculo parecido a la yuca) para su hija enferma. Él fue a buscarla y a la vuelta, se topó con el Che.
-“Qué llevas ahí”, le espetó el Che
-“Un poco de malanga para tu hija”, le contestó Rogelio.
-“No he luchado contra los privilegiados para convertirme en uno de ellos”

Y la rehusó. Es mi último trago de Coca Cola. Con esto me quedo.”

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Pilar Written by:

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