Eliza Scidmore: la mujer que alteró la National Geographic

Si de algo tiene que sonarnos el nombre de esta gran mujer, Eliza Scidmore, es por ser la primera mujer en entrar en la National Geographic Society. Pero no solo eso, sino que también fue una de las mayores pioneras del periodismo y la fotografía, miembro oficial de la hoy conocida revista National Geographic.

Siempre atraída por los viajes, Eliza Scidmore decidió subirse en 1883 a un barco de correos rumbo a Alaska y a un destino que terminaría cambiándole la vida entera. Cansada de una vida social monótona en Washington, esta joven se armó de valor para explorar la tundra norteña que pocos estadounidenses habían pisado desde su compra a Rusia hace tan solo dos décadas. Allí publicó varios artículos en periódicos que cautivaron al público e impresionaron a los grandes exploradores de su época. Fueron tantos, que terminó compilando todos en un libro de relatos de viajes: “Alaska: Its Southern Coast and the Sitkan Archipelago” (1885). Ello la definió como “una de las mejores corresponsales de EE.UU”.

Poco a poco, Scidmore se ganó su puesto por mérito propio, siendo también una de las principales fotógrafas a color. Una revolución que le haría llegar lejos, convirtiéndose en la primera mujer en ocupar un cargo en la National Geographic Society como editora asociada y de relaciones internacionales. Llegó incluso a ganarse la nada desdeñable admiración de Gardiner Greene Hubbard, presidente de esta revista.

Una pionera desde sus comienzos

Eliza Scidmore nació en Wisconsin a mediados del siglo XIX. Fue tras su nacimiento cuando la familia decidió mudarse a Washington D.C., donde su madre alardeaba de haber conocido a todos los presidentes desde Lincoln hasta Taft. Con tan solo 19 años, publicaron su primera serie de columnas en el periódico nacional republicano. Más tarde, escribiría para periódicos tan importantes como The New York Times. 
Sin embargo, Scidmore arrastraba un sueño desde su niñez: Japón. Recientemente, este país se había abierto a los visitantes occidentales y la oportunidad se brindó en bandeja cuando su hermano George consiguió un puesto de diplomático allí en 1884. Gracias a él, logró contactar con las élites japonesas y viajar en varias ocasiones al país, pudiendo entrar en zonas inaccesibles al turista habitual.
Esta experiencia, totalmente exclusiva, le permitió ganarse la vida desde Japón escribiendo para medios como The Cosmolitan Magazine. Regresó a Whasington mostrando al mundo entero inéditas y preciosas fotografías de cerezos en flor, calificándolos como “la cosa más bella del planeta”. Es más, llegó a pedirle al Presidente de Estados Unidos, nada menos que como favor personal, que plantara una hilera de cerezos a lo largo de la cuenca Tidal.
Fruto de aquellos viajes a Japón publicó´ varios libros como “Days in Japan” (1891), que fue seguida de una guía de viaje: “Westward to the Far East” (1892). Por su labor como conexión entre las sociedades norteamericana y japonesa, Scidmore recibió el honor real de la Orden de la Sagrada Corona. Aunque también tuvo tiempo para perderse por Java y recorrer China y la India. Todo ello sin dejar de publicar magníficas obras como “Java, the Garden of the East” (1897), “China, the Long-Lived Empire” (1900) y “Winter India” (1903).

Un legado para la posteridad

Incapaz de mantenerse inactiva, Scidmore no dudó en involucrarse en la Guerra Ruso-Japonesa y, con carácter posterior, en la Primera Guerra Mundial. Finalmente, se mudó a Ginebra para escribir sobre la recién fundada Liga de las Naciones y su casa se convirtió en punto de reunión para todos los diplomáticos. Un hogar, por otro lado, bastante curioso, pues lo decoró con todo tipo de recuerdos como el trono de la emperatriz de China.

Eliza no paró de publicar artículos para National Geographic Magazine hasta su muerte en Ginebra, en 1928. A la edad de 72 años, su prodigiosidad vio su fin al desarrollar una grave apendicitis. Siguiendo sus deseos póstumos, sus cenizas fueron enterradas en Japón, junto con las de su hermano y su madre.
Esta mujer prolífica siempre será recordada por su gran energía. Símbolo de ello son los más de 3.000 cerezos japoneses que plantó la propia Primera Dama, Helen Taft, en conmemoración suya.
Autora: Natalia Gómez.
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